Cuando vi el mar por primera vez

«Ves esas luces de allá? Ahí está el mar», me dijo el camionero que se había apiadado de mi en una carretera desierta. La primera vez que vi el mar no lo vi, la noche era tan cerrada que sólo percibí una línea de luces hecha una curva, lo que bastó para imaginarme a los pescadores refugiados del mar junto a sus pequeñas lámparas, mujeres haciendo la cena o algún que otro trasnochado que camina por la orilla junto al agua. La primera vez que vi el mar no necesité los ojos.

mar

Mi familia vive en Argentina, a casi dos mil kilómetros del mar, la mayoría de ellos aún hoy, ya adultos, no lo han visto nunca; la misma suerte habría corrido yo si un día no hubiese tenido un sueño abrazado a una intención. Había decidido, ya hace varios años de esto, que unos miles de kilómetros no son impedimento, que la falta de un billete de avión es compañera del ingenio y la solidaridad y que el auto-stop en Argentina es un fiel amigo, así que armado de valor, cargando una mochila con lo necesario salí a la carretera.
Los primeros kilómetros fueron rápidos, a nadie le importaba mucho dónde ibas y el mar era algo que les parecía lejano, la gente hablaba de sus problemas y el precio del viaje era oficiar de sicólogo y cebador de mate.
Habían pasado muchos conductores, decenas de historias y muchas más decenas de ciudades hasta que llegó mi último conductor, el abuelo más lento y más amable que he visto conduciendo un camión.
Antonio tenía la cabeza blanca, las gafas se le caían constantemente hasta la punta de la nariz y se las subía con el dedo mientras hablaba de su familia y su camión manteniendo su voz era pausada y serena, como con la calma que da los años. A él le conté que quería ver el mar, que sólo lo había visto en televisión y revistas y que sabía que en la Patagonia el mar es muy frío pero estaba dispuesto a meterme para sentir las olas.
El viejo Mercedes Benz 1114 azul avanzaba ronroneando a la velocidad de una bicicleta y le costaba mucho más cuando enfrentaba una colina. «Está viejito el pobre y ya no aguanta más tantas toneladas» me dijo Antonio que me explicó que había cargado mucho cereal y que tenía que ir despacio para no quemar el motor, lo cual parecía una alegoría sobre su propia vida.
Habíamos comenzado nuestro recorrido al mediodía en un pueblo ignoto de La Pampa para terminar ya bien entrada la noche frente a San Antonio Oeste, la puerta de entrada de la Patagonia argentina y mi primer contacto con ese mar que vería tantas veces.
Aquella noche Antonio me invitó a cenar en un restaurante de carretera, me enseñó frutos de mar que no conocía y sin saberlo él ni yo que con muy poco me ayudó a cumplir un sueño.

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