El día que dormí con un perro y un camionero

Bolivia fue uno de los países donde más anécdotas acumulé a lo largo de mis viajes, pasando por la vez que pensé que me robarían en medio de la carretera hasta cuando tuve que correr a lo largo de un puente para que no me aplastaran los vehículos o me tiraran al río; pero sin lugar a dudas una que recuerdo más claramente es la vez que tuve que dormir (sentado) junto a un camionero y su nada cariñoso perro.

Camiones en Bolivia

Camiones en Bolivia

Cuando viajé por Bolivia caminé (literalmente) durante muchos kilómetros al tiempo que esperaba que alguien se apiadara de mi y quisiera hacer caso de mi autostop. Había atravesado, caminando, el río Pilcomayo en el sur y luego de dejar la pequeña ciudad de Villamontes inicié camino ya que no había mucha suerte ni solidaridad y poca gente me quería llevar. Un chico en una moto, un tractor y una familia Amish me llevaron cada uno muy pocos kilómetros hasta que en el medio de la nada se apareció un camión gigante, lento pero seguro y esa era la señal de que mi viaje comenzaría a moverse más rápido.

El hombre, que se llamaba Miguel, me abrió la puerta de su camión y yo di un salto de alegría hacia adentro pero me bajé con la misma velocidad que subí cuando un perro, negro y pequeñito pero de dientes muy blancos me miró con cara de “tu no te sientas en mi sitio” y acompañó su mirada con el típico “grrrr” que hacen los perritos. Muy amable el señor camionero envió a su perro a la cama que tenía detrás del asiento y me dijo que no me preocupara.

Nuestro viaje fue algo raro: el camionero iba de un lado, yo de otro y en el medio de los dos el perro que mostraba los dientes y que cada vez que lo miraba amenazaba con morderme. Después de un tiempo pensé que sería buena idea tratar de tocar al perro para hacerme su amigo; fue una de las peores ideas que tuve y por suerte mi mano fue más rápida que sus dientes afilados.

Finalmente llegó la noche y no habíamos arribado aun a Santa Cruz así que después de cenar en un pueblito, Miguel me dijo que podía dormir en su camión, aunque sentado porque sólo tenía una cama y yo lo agradecí porque no me imaginaba compartiendo colchón con el perro y su dueño. Me recliné como pude en el asiento, el hombre comenzó a roncar haciendo más ruido que el motor de su vehículo y cuando yo di la primera cabezada el perro se asustó y comenzó a ladrar. Así nos pasamos el resto de la noche: yo daba golpes de cabeza por el sueño y el perro ladraba.

Aquella noche no dormí casi nada, agradecí que los gallos cantaran y que el perro no me haya mordido. Vi la cara de sueño del cuadrúpedo y lo dejé con satisfacción porque la guerra había terminado en un empate aunque, al menos yo, me llevé una anécdota de mi viaje por Bolivia que no olvidaría en muchos años.

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7 Comentarios.

  1. Bolivia tiene muchos lugares muy hermosos que ofrecer y sé que un viajero como tú los podría disfrutar aun más. Me apena que no hayas encontrado un poco más de hospitalidad de la gente Boliviana (donde hay buenas y malas personas como en todo lado), pero gracias a Dios somos más las buenas que disfrutamos cuando alguien de afuera se maravilla con lo que nuestro país puede ofrecer, espero puedas regresar y disfrutar de todo lo que Bolivia puede ofrecer a quien la visita

    1. Hola Carlos!

      La verdad es que fue una situación simpática pero descubrí con ese camionero y su perrito que las personas en Bolivia son encantadoras. El hombre no tenía mucho que ofrecerme y lo poco que estaba a su disposición me lo dio y hasta me invitó a comer.

      Ten por seguro que volveré porque es un país precioso con gente muy buena ;)

      1. Gracias por ese concepto, como en todo país, se que hay buenas y malas personas, pero los que amamos nuestra tierra nos esforzamos porque ustedes, quienes nos visitan, conozcan, en lo posible, lo mejor de nuestra gente. Te estaremos esperando con los brazos abiertos y un buen plato de “chairo” (sopa típica del altiplano boliviano). Hasta pronto

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